El fuego de las historias

Autor: Roberto García Martinez
Relato finalista – Primera convocatoria de Narratium

En el desierto, con el silencio como único acompañante, Julio arrastra los pies sobre la arena seca. El sol hace tiempo que se ocultó y una luna inmóvil ilumina el mundo que le rodea. El frío nocturno del desierto cala sus huesos, impidiéndole pensar con claridad. Lleva horas perdido en aquellas vastas llanuras, sin rumbo, incapaz de encontrar un lugar en el que cobijarse. En sus bolsillos solo tiene un pequeño bloc de notas y un lápiz. Porque Julio es escritor, o al menos así se llama a sí mismo. Carga aquellos enseres con la única finalidad de ser capaz de captar alguna idea, fugaz, dispuesta a ser transcrita en forma de embrión sobre las páginas en blanco. Al pensar en esto, mira al cielo y decide escribir. “El cielo está lleno de estrellas fugaces”. Sin embargo, mientras observa las letras garabateadas sobre el papel, se pregunta para que sirve. Esta apreciación le resulta absurda, manida e innecesaria. Máxime, cuando tiene seguro que aquel desierto será su tumba. Pasa la página y escribe una nueva frase. “Voy a morir esta noche”. Sin saber por qué, la frase le reconforta. Continúa caminando, intentando así devolver algo de calor a sus pies helados.

No tarda mucho en verlo a lo lejos, fijado en el horizonte como un espejismo, el resplandor de una hoguera. Acelera el paso al principio, corre después. Necesita sentir el calor del fuego, pedir ayuda a aquellos que han levantado lo que parece ser un campamento en medio de aquel solitario desierto. Corre hasta que el pecho le arde y el sudor resbala por su cuerpo. Así llega hasta el ansiado círculo de luz que generan las llamas. Aparte de un fuego que crepita sobre una base de piedras iridiscentes, no hay nada más alrededor.

—¿Hola? ¿Hay alguien? —grita mientras mira en todas direcciones y su voz se pierde a través de las llanuras.

Al no encontrar respuesta, se desploma ante el fuego. Al menos podrá calentarse, piensa, aunque en su interior hubiese preferido encontrar todo apagado, rodeado de gente, de personas con las que poder hablar y buscar una forma de salir de aquel lugar. Acerca las manos hasta que siente un cosquilleo provocado por el calor sobre las yemas de sus dedos. Es entonces cuando fija su atención en la hoguera. No entiende muy bien como consigue mantenerse sobre aquellas piedras que reflejan varios colores. Sin maderas, ni hojas con las que alimentarse, las llamas crepitan y danzan estirándose hacia el cielo. Sí se ha percatado que, desde su llegada, la intensidad de la fogata es menor. Preocupado ante la posibilidad de perder la fuente de calor, saca el bloc de notas y arranca la primera página, una hoja en blanco sin nada escrito en ella. La tira y al entrar en contacto con las llamas el papel se volatiliza en un instante, sin dejar ningún rastro y sin hacer más grande el fuego. Arranca una nueva hoja, aquella en la que antes había escrito sobre las estrellas, y la lanza tras hacer una pelota. Esta vez las llamas responden de forma distinta, crecen y se enrollan entre si tímidamente, como si diesen las gracias por la hoja que acaba de ofrecer. Sorprendido, decide arrancar otra hoja en blanco y lanzarla de nuevo. Nada. “Que extraño”, se dice para sí mismo. Continúa experimentando, así que ahora arranca aquella en la que escribió sobre su muerte. Al entrar en contacto con la hoguera, las llamas crecen varios palmos hasta casi quemarle las pestañas. Ahora la fogata arde con un ímpetu inusitado.

“¿Es posible que el fuego responda mejor a las historias?”, se pregunta. Comienza a escribir distintas cosas en su bloc. Primero prueba con algo simple.

 “Un hombre en el desierto”, escribe. La pira recibe con gusto esa premisa, pero no arde con la misma fuerza que cuando lanzó la hoja anterior. Prueba añadiendo algo más a aquella idea.

“Un hombre en el desierto, solo.” La tira y para su sorpresa las llamas crecen más que antes.

—Eres un fuego al que le gustan las historias, ¿eh? —dice Julio como si la hoguera pudiese escucharlo.

Así, durante unas horas, Julio continúa avivándolo a base de cuentos, leyendas y fábulas, del inicio de las historias. Aquellas que representan la monotonía parecen no afectarle. Las llamas apenas crecen al lanzar una hoja en la que se puede leer: “Nadé para quedar primero”; sin embargo, enloquecen y giran con fogosidad cuando arroja otra en la que pone: “Nadé para sobrevivir”.

La noche avanza y Julio consigue mitigar el frío del desierto con el calor de las historias. Sigue escribiendo ideas, ficciones, de forma cada vez más febril, dejándose llevar por un impulso creativo como nunca había experimentado en la comodidad de su estudio. Arranca una hoja tras otra, las tira al fuego sin percatarse de que las llamas han crecido varios metros y calientan como un pequeño sol en la soledad del espacio. “Encontré a la mujer de mis sueños y la perdí”, “Unos científicos crean pastillas para recordar los sueños”, “La mujer que vivía escondida en el bosque”, “La oveja que espiaba a los lobos”, “La venganza consumada”, “Los orígenes de una raza subterránea” … Hoja, tras hoja, hasta que al final llega a la última, aquella que da por finalizado el bloc. Mira al cielo y ve a la luna, que parece devolverle la mirada riéndose de él. ¿Cómo ha podido ser tan estúpido de acabar tan rápido con el único método que tenía para mantenerse caliente? Porque las mira, y las llamas pierden intensidad poco a poco, como agotadas por absorber demasiadas historias. Vuelve a notar el viento helado azotando su espalda. La noche aún es larga y el calor comienza a extinguirse.

Pegado al fuego, lanza la última hoja y se acurruca a la espera del inevitable final. Las llamas disminuyen y el calor con ellas. Las piedras comienzan a perder sus colores, adquiriendo un tono grisáceo, devolviéndoles su aspecto común. Apenas queda una leve llama cuando Julio pone su mano sobre ella. Nota cosquillas bajo la palma, pero no siente dolor. Comienza a moverla, un dedo tras otro, extrañado por este nuevo suceso. Ve entonces como las llamas crecen alrededor de su brazo, envolviéndolo. Poco a poco el fuego le recorre sin quemarle. Desde los codos hasta los hombros y después a su cuello, salta hasta el otro brazo y se extiende por su espalda y torso. Casi sin darse cuenta, el fuego lo engulle por completo. No le quema, le calienta y aleja el frio de la noche. Lentamente, las llamas penetran por los poros de su piel, acomodándose en su interior, buscando una nueva historia de la que alimentarse.

En el horizonte, el sol rompe el cielo nocturno tiñendo de tonos rojizos el azul. De esta forma, el nuevo día da la bienvenida al hombre que camina por el desierto con convicción, feliz y con el fuego de las historias en su interior.

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1 comentario en “El fuego de las historias”

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