Ratas

Autor: Javier Garrido B.
Relato finalista – Primera convocatoria de Narratium

Las tres figuras seguían avanzando en silencio. Por el oriente, comenzaba a despuntar una luna ominosa, que más que despejar las sombras las volvía más opresivas.

—¿Seguro que vamos bien por aquí, Chino? —preguntó Riverita por enésima vez, procurando en vano que no se le notara demasiado el castañeteo de los dientes.

—¡Coño! Que ya te dije que sí… Esta es el único lado que nos falta, nos falta… ¡Mierda! Ya no sé ni que digo —le respondió el otro, irritado y con la lengua embrollada.

—¿No estamos ya como llegando al cementerio viejo? —insistió Riverita.

—¿Y vas a seguir? ¿Has venido por aquí alguna vez de noche? No jodas más…

De los tres, el único que llevaba linterna era el Chino, y también el único que (se supone) sabía lo que estaban haciendo (a pesar de los sentidos enturbiados por el alcohol): no en balde se ganaba la vida en ese camposanto, traficando con los adornos y las reliquias de bronce con que los deudos ennoblecían las tumbas de sus difuntos, y, de vez en cuando, abasteciendo de cráneos y osamentas a brujos, santeros y estudiantes de medicina. Aunque claro, a veces se le iba la mano y caía en el abuso: un par de años atrás había amanecido profanada la tumba de la Niña Mercedes, una señorita de su casa, fallecida de una encefalitis. Dieron con el cuerpo desnudo e infamado a los cinco días, desechado en una zanja que por casualidad quedaba a un paso o dos del chamizo del Chino. Este puso pies en polvorosa justo a tiempo, perdiéndose del pueblo por una buena temporada, de manera que los hermanos, tíos y primos de la Niña tuvieron que contentarse con darle una paliza al secuaz habitual del Chino, por sobrenombre el Mono, dejándolo derrengado y sin dientes. De paso, el mentado Mono era el tercero en la expedición de esa noche, pues para nada era amigo de alimentar rencores, y menos con su compadre del alma.

A Riverita, por su lado, lo motivaba el más legítimo espíritu de revancha: y es que al maldito Viejo no le había bastado con morirse, sino que además lo había dejado en la puta calle, en agradecimiento por haberlo cuidado durante tres años insufribles e interminables.

Fue la mañana del miércoles: al levantarse, Riverita dio con el Viejo ya frío y agarrotado, con los ojos opacos clavados en el techo y un hilo de saliva verdosa colgándole de la comisura, como si llevara muerto un buen rato. Le dolió un poco, pero no mucho, pues la tarde antes ya el doctor Garmendia le había avisado que el carcamal estaba en las últimas. Pronto las cosas comenzaron a torcerse: se apuró en darle aviso del deceso al matasanos, pero a los veinte minutos quien se presentó a la puerta no fue él, sino Menéndez, el abogado. Dos cosas lo hicieron maliciar que algo no andaba del todo bien: que el leguleyo se viera afectado de una brusca falta de memoria, pues lo primero que hizo fue preguntarle de mala manera quien era y que hacía ahí (como si no hubieran tomado café juntos un montón de tardes) y que llegará acompañado de un agente de policía, un rubio fornido de malísima catadura. Y ese fue solo el principio: antes de que se diera cuenta, ya la casa se le había llenado de gente muy importante, la crema y nata del pueblo, y no habían transcurrido dos horas completas cuando cayeron por allí los sobrinos del Viejo. Riverita no los había visto en su vida, pero no les podía negar la sangre, ya que compartían con el fallecido el perfil inconfundible y la mala entraña. De hecho, cuando se les acercó a darles el pésame, la respuesta de estos, por la boca de la sobrina mayor (que hacía de vocera por los tres), fue conminarlo a salir de la casa en el plazo perentorio de veinte minutos. Y así, sin más, se encontró desahuciado tras hacer su maleta con manos temblorosas, bajo las miradas inquisitivas del policía y sobre todo de Menéndez, quien objetó uno a uno cada trapo y cada perol que pretendió empacar. Del dinerito que le debían por cuidar al Viejo, alimentarlo con sopas y papillas y cambiarle los pañales, por lo que se ve a nadie le quitaba el sueño darle noticias. Mucho más tarde, ese mismo día, tras recalar con su miseria en el cuarto de una pensión de mala muerte, logró retornar a la casa e infiltrarse en el velatorio. Allí escuchó, vio y se enteró de muchas cosas, pero al final fue detectado y le aclararon en términos enérgicos que no era bienvenido y que ni se le pasara por la cabeza presentarse en el entierro.

Fue la rabia por todos estos desplantes lo que hizo que a la postre se viniera a acordar de su antiguo y maleado compañero de pupitre del liceo Glorias Patrias. Tardó un par de días en ubicarlo, pues tras el desgraciado episodio de la Niña había optado por el bajo perfil, aunque al final lo encontró sentado a la puerta de su rancho de siempre, fumando y trasegando cerveza en compañía de una suerte de orangután lacónico, de sonrisa idiota y desdentada.

—¿Estás seguro de eso? —le preguntó el Chino.

—Seguro no, segurísimo. Como que estos mismos ojos lo vieron mientras el Viejo estaba en el cajón, antes de que me echaran del sitio.

—Mentira podrida, Riverita. A naide lo entierran con toda esa joyería encima. Segurísimo es que se la habrán quitado antes. Yo que te lo digo.

—Yo se lo escuché de la misma boca de Menéndez: el pedazo de mierda del Viejo lo dejo escrito así en el testamento. qué lo enterraran con los dientes de oro, con el Rolex, con los anillos, con la esclava…

—¿Quién es Menéndez?

—El hijo de puta del abogado del Viejo…

—Bueno, entonces será cuestión de ir y comprobarlo nosotros mismos. ¿Verdad, Mono?

El mencionado rezongó, en señal de asentimiento.

—¿Y cuándo puede ser? —preguntó Riverita con ansiedad.

—¿No me dices que lo enterraron el jueves? Pues tiene que ser esta noche sin falta. Si esperamos más, la pudrición va a ser insoportable, que segurito que ya lo es… Eso sí, llévate unas botas bien duras.

—¿Botas duras? Para nada. Ni tengo unas, y es que ni pienso ir tampoco… No sirvo para esas cosas, Chino, te lo juro por mi madrecita.

—Pues claro que vas a ir…

Hacia a las once de esa noche se encontraron junto a la tapia del cementerio nuevo. Como suele ocurrir en tantos otros pueblos, el tal cementerio nuevo tenía ya más de medio siglo en funciones. El cementerio viejo, que aún existía, había terminado por convertirse en una especie de tumor o excrecencia junto a su linde oriental, un lugar feraz, siniestro y poco recomendable, lleno de tumbas imposibles de identificar, aunque con dos o tres caminerías razonablemente limpias por los esmeros de las poquísimas familias de alcurnia que aún mantenían allí sus bóvedas. Un muro bajo de mampostería separó antes ambos camposantos, pero la incuria y los estragos del tiempo la habían reducido a unos pocos tramos inconexos. Como el Viejo no tenía nada de alcurnia, ni tampoco de nobleza de cuna, era obvio que habría dado con sus huesos en algún lote de la parte “nueva”.

El Chino era dientudo, retaco, esquelético, y delegaba en el Mono el honor de cargar con toda la impedimenta: un costal con un par de palancas de fierro, una mandarria, tenazas grandes y pequeñas y unas tijeras de podar. Era bien evidente que los dos iban tomados, aunque no ebrios perdidos.

—¿Y eso para qué? —preguntó Riverita, alarmado, al ver las tijeras.

—Los anillos suelen ser difíciles de sacar cuando los dedos se hinchan —le respondió el Chino, y Riverita prefirió no pedir más detalles.

¿Qué dónde es que habían enterrado al viejo? La verdad es que no tenía ni idea.

—Me advirtieron que no se me ocurriera aparecerme por aquí. ¿No se supone que tú deberías saber eso, Chino?

—Cuando estaba el buenazo de don Germán de celador, me tenía siempre al día con esos detalles. Pero lo jubilaron luego de aquel asunto… Con el que está ahora la verdad es que no… no me llevo. Cada vez que me asomo por aquí, amenaza con denunciarme. ¿Verdad Monito? Ya este oficio no es lo que era…

—¿Y entonces?

—Vamos a tener que irlo buscando.

¿Así, en la oscuridad? Mala cosa. Solo había algo de alumbrado alrededor del portal enrejado por donde se entraba; todo el resto del camposanto se encontraba en tinieblas.

Visitaron primero los lotes más cercanos a la entrada por el lado oeste, sin dar con ninguna tumba reciente. Igual les pasó en la parte norte.

—Qué raro —tartajeo el Chino, con lengua estropajosa—. Vámonos para el otro lado entonces. Será seguro como por allá…

Mientras seguían adelante, se oían en medio de las tinieblas chillidos y como patitas corriendo sobre la hojarasca. En dos o tres ocasiones Riverita había creído sentir el roce de algo blando y suave en los tobillos desnudos, y hasta estuvo a punto de caerse del sobresalto, pero no se animó a preguntarles a sus acompañantes de que podía tratarse. De pronto, vieron aparecer frente a ellos dos puntos rojos flotando en la oscuridad.

—¡¿Qué es eso?! —murmuró Riverita estentóreamente, al borde mismo del pánico.

—Nada hombre. Solo es una rata. ¿Por qué gritas?

—¡Jesús! ¿Cómo que una rata?

El haz de la linterna la iluminó. Pero no era “solo una rata: el bicho tenía el tamaño de un gato, su pelaje era de un gris tan oscuro que resultaba casi negro, y erguida sobre una lápida olisqueaba mientras les exhibía unos dientes blanquísimos y la panza canosa. Un pedrusco lanzado con escaso tino por el Mono se estrelló contra el granito jaspeado y la hizo huir.

—¡Tranquilo, Riverita! Por eso te avisé que te vinieras con botas. A veces les da por morder los tobillos… Esta mierda está cundida de esos animalitos; aquí nunca verás perro ni gato, pero…

—¿Y que comen para tener ese tamaño? ¿Todas son iguales? ¡Son gigantes!

—¿Y tú qué te crees que comen? Pues sí, eso mismo… Escarban en la tierra, hacen túneles en el concreto y roen los ataúdes. Esto, por abajo, es todo como una red de cuevas…

—¡Dios! ¡No!

—Pues sí. Incluso le mezclan vidrios al cemento, pero les da lo que se dice igual…

Riverita se lamentó (muy tarde) de no haber ido calzado con botas, pero es que tampoco tenía unas… Ni tampoco a quien pedirlas prestadas. Los otros dos si llevaban botas amarillas de goma, de la que usan los electricistas. Con angustia reparó en que a medida que avanzaban a trompicones, enganchándose en matojos espinosos y chocando con piedras, lozas, cruces y lápidas, los chillidos y las carreras parecían ir aumentando a su alrededor, y estar cada vez más próximos.

—¿No vamos ya como muy lejos? —volvió a romper el silencio Riverita con su voz lastimera, pues al parecer no era capaz de parar de quejarse. Además, una rama le había chicoteado la cara, y estaba seguro de que de la lastimadura le estaba saliendo sangre. Si en ese momento hubiera podido hacer lo que quisiera, habría salido por patas de allí. Qué el Viejo reposara por siempre y para siempre con sus prendas de mierda…

De golpe, la luz de la linterna vaciló, apuntando sin distinción al suelo, al cielo y al horizonte; el Chino había tropezado con algo, pero en su favor hay que decir que recuperó el equilibrio con elegancia tras casi caer de rodillas

—¡Mierda! ¡Esto es suerte! Parece que es aquí —exclamó, señalando algo adelante.

—¿Cómo así?

—Esta debe ser… —e iluminó una losa blanca sin identificar.

—¡Si no tiene nombre!

—Pues, por eso mismo digo. La lápida y las inscripciones siempre se colocan después. ¿Verdad, Mono?

Riverita miró el hallazgo con desconfianza: la losa de mármol lucia muy desgastada por la intemperie, y en su superficie parecían estar grabados unos garabatos ilegibles. Sospechó que la borrachera del Chino los había llevado más allá de los lugares donde era prudente buscar.

—Chinito, la verdad no creo que…

—Cállate y agarra ahí —y le entregó la linterna—. Mano firme y alumbra bien. ¡Coño, que dejes la tembladera! ¡Vente Mono! Es hora de ponerse trabajar…

Mientras los veía manipular las alzaprimas para levantar la losa, Riverita tuvo la certeza de que estaban abriendo la tumba equivocada: seguro que sin darse cuenta se habían ido metiendo en el cementerio viejo.

—¡Carajo! ¡Qué alumbres bien, coño! ¿Y a ti que te pasa, Mono?

—Esto está complicado, Chinito —escupió el Mono, lastimero, y Riverita se sobresaltó al oír su voz, pues era la primera vez que hablaba en toda la noche—. La piedra está demasiado asentada… No da ningún juego…

—¡Qué vaina! ¡Venga carajo! ¡Dale con fuerza!

Excitados por el esfuerzo, no se dieron cuenta de que a su alrededor los chillidos habían seguido in crescendo. Aunque Riverita si lo notó, pero le dio miedo mirar.

—Chino, esto no está bien.

—¡Cállate carajo! ¡Venga! ¡Una vez más!

La loza rodó con un gemido, dejando un resquicio por el que brotó un tenue resplandor verdoso y una bocanada de un hedor tan repulsivo que le causó nauseas incluso al Chino y al Mono, para nada remilgados en estas cosas.

—¡Mierda! ¿Y esto? —gimió el Chino.

Riverita dio un paso atrás, asqueado, con el vómito quemándole la garganta, y entonces desvió la linterna y el haz barrió los alrededores. En lugar de vacía oscuridad, de severas y silenciosas lápidas y matojos caóticos, vio entonces, primero, una miríada de flamas rojas, como suspendidas en el aire, y solo después alcanzó a distinguir el apretado océano de cuerpos peludos, de hociquillos anhelantes, de incisivos blanquísimos, que los rodeaba hasta donde la vista alcanzaba.

 

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