Relatos de humor

 


Breve historia de los relatos de humor:

La principal característica en la literatura de humor es que el autor crea a propósito efectos cómicos en el texto. Aunque existe la posibilidad de ser chistoso de forma involuntaria, hay que tener en cuenta que se incurriría en el ridículo, lo cual se saldría de la definición intrínseca de este género. En muchas épocas, como veremos más adelante, los relatos de humor se han utilizado para criticar la situación social o política de ese momento.

Este tipo de relatos se escribían ya en la época clásica: en Grecia, de la mano de Homero, Aristófanes y otros; y en Roma, donde la comedia y la sátira —género literario en el que a través de la burla se expresa indignación hacia alguien o algo —se desarrollaron de manera extensa. Cabe destacar el Satiricón, de Petronio.

En la Edad Media, la iglesia categoriza la risa como peligrosa y enuncia en el S. XII una escolástica sobre los usos indebidos del humor. El clero, precursor de casi todo el arte, evitó plasmar la risa o provocarla. En esta época, en la literatura cómica predominó la sátira, pero usada como herramienta para ridiculizar a los enemigos a través de refranes.

Durante el Renacimiento, la risa es liberada en la literatura. Ya en el Decamerón de Bocaccio y La Carajicomedia (de autor anónimo), se anticipa el humor del Renacimiento, se desvincula del propósito moral y se considera un goce de la vida. El médico François Rabelais escribió su Gargantúa y Pantagruel para los enfermos, ya que consideraba curativa la risa. Aparece en esta época también la novela picaresca debido al contraste de valores entre los distintos estratos sociales en España. Como respuesta irónica a este hecho se crean unas narraciones de carácter antiheróico, por ejemplo, el Lazarillo de Tormes.

En el Barroco es imprescindible mencionar la comedia de Lope de Vega y su figura del “donaire o gracioso”, que es un personaje cómico, plebeyo y pícaro además de comilón y cobarde. Destacan también en los relatos de humor Tirso de Molina y Calderón de la Barca. Francisco de Quevedo fue un personaje central en este tipo de literatura por sus juegos de ingenio y sus epigramas — poesía breve que expresa una idea satírica de forma ingeniosa—.

Más adelante destacarían Molière, aunque es difícil traducir los aspectos cómicos de su obra; Voltaire, que destacó por su malicioso uso del sarcasmo y Jonathan Swift, con sus Viajes de Gulliver y su humor negro. Su intención satírica queda muy circunscrita a la época en que escribió sus relatos de humor y en la actualidad es complicado percibir ese matiz irónico.

En el siglo XIX participaron en la literatura cómica Charles Dickens, Mark Twain y Óscar Wilde. Es imprescindible nombrar en esta época el Bilis Club, una tertulia literaria y crítica creada en 1871, en Madrid, por un gran número de autores españoles. En esta tertulia se fraguaban las agudas, burlonas y demoledoras críticas literarias que luego publicaría Leopoldo Alas bajo el seudónimo de «Clarín». El Bilis Club destacaba por su ingenio, más malicioso que de admiración, y sin reparar si el chiste causaba una víctima entre los propios miembros del club.

Ya el siglo XX es la época dorada del humor gráfico. Se comienza a desarrollar la viñeta cómica través de los periódicos. Empiezan también a crearse las revistas de historietas, entre las cuales destaca la Escuela Bruguera, en la que un conjunto de escritores se dedicaron al cómic de humor a partir de la posguerra española. Es imposible hablar de literatura cómica sin mencionar al también humorista gráfico argentino Joaquín Lavado, más conocido como Quino, creador de Mafalda.

La codorniz (1941), de Miguel Mihura, se consideró «la revista más audaz para el lector más inteligente». Alcanzaron gran popularidad en la viñeta cómica también Chumy-Chúmez y Mingote. Durante los años setenta, el humor gráfico de sátira política directa se extendió notablemente, destacando, entre otros, Forges y, un poco más adelante, los semanarios como El jueves.

Escribir relatos de humor conlleva gran dificultad, ya que busca ejercer en el lector un efecto fundamental, la risa, teniendo en cuenta que el sentido del humor varía enormemente de una persona a otra.

 

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Arima Rodríguez
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