Reseña: Pequeños relatos tortuosos

Título: Pequeños relatos tortuosos
Autor: Arima Rodríguez Vega
Género: horror/suspense
Número de relatos: 19
Editorial: autopublicado

 

 

 

 

 


Tan legítimas como la subjetivación del mundo que percibimos como realidad, son esas otras realidades, las realidades de los otros, los universos paralelos y las que se crean desde la imaginación o fantasía de todos, y que se asientan primero en el onirismo individual, para pasar a integrarse, después, en el subconsciente colectivo. ¿Verdad o mentira? ¿verdad o verdad?. La imaginación humana es muy limitada.

“Intenta idear en tu mente algo que no exista, que parta de la nada”.

El mundo, como lo escribe Arima Rodríguez Vega, es un gran teatro, donde a lo largo del tiempo, y en infinidad de obras y escenarios, todos actuamos, desde la hormiga al humano, cediéndole los derechos de autor a la conciencia universal , con la fidelidad que nuestra propia individualidad permite; o reinventando desde sus arcas, con resultados sorprendentes, buscando un balance entre la luz y la sombra, el bien y el mal, que convierten el vivir en la escena grotesca y absurda, que se define en literatura como esperpento.

Y de ahí, de esa premisa, parten estos pequeños relatos tortuosos, que nos presenta Arima Rodriguez Vega, en este interesante libro.

 

 

La noche

Aunque no todas las historias que lo componen ocurren en la noche, comenzamos el viaje por sus páginas, de noche, desde esta primera estación, “El Esperpento”, relato con que Arima Rodriguez Vega despega su aventura del escribirle al miedo, con la sana y brava finalidad de estrechar lazos con él.

La noche actúa de catalizador para las emociones fuertes, donde la imaginación desata sus facultades ocultas, aventurandose en los misterios de la mente. Y desde esa base, lo sobrenatural busca canalizaciones para infiltrarse en el reino del pensamiento. Hay un cierto sentido de falta de límites en la noche, que permiten al escritor, Arima, en este caso, crear una atmósfera propicia para que en su lector se desaten ciertas sensaciones terroríficas.

Quién no se ha despertado en medio de un sueño, donde reconoces ciertos nexos con tu realidad en las horas de vigilia, que se te presentan como piezas de puzzle, o colores y formas de un fresco, un mural, en el templo de tu existencia. Lo persigues, pero se esfuma como la niebla al avanzar el día, y sólo te queda la intriga, la frustración de tener que aguardar de nuevo a la noche para intentar, desde las notas no disueltas, componer la misma melodía prodigiosa que te atrajo.

“Entregar la voluntad al sueño para que se ocupen éstos de mi vida”.

 

Lo sobrenatural

Lo sobrenatural es uno de los hilos conductores de estos textos. Donde su autora nos invita a fantasear con el horror, abrir los ojos ante el terror, enfrentar molinos, y abrazar al miedo, para integrarlo en nuestras vidas.

Otro factor que les une es que son casi todos narraciones en primera persona. El hecho de no ceder la responsabilidad del relato a un tercero encaja en la idea de exploración en el propio subconsciente, para en un acto de suprema generosidad, legar lo aprendido; en un intento de consolidación final, que a veces se da, aunque no siempre, porque hay misterios que, por nuestro propio interés, no debemos descifrar.

“Poner mi vida en riesgo, aunque sea de manera voluntaria,  me  había  hecho sentir un absoluto desprecio hacia el futuro, la presión y la necesidad de tener la vida controlada”.

Son textos de escritura ágil y bien estructurada para el fin pretendido. La escritora detalla la escena con minuciosidad, mientras prende la mecha a la fantasía y le pincha el goteo del suspense al lector, en vena. Quien recorrerá zonas sutilmente terroríficas, identificando en ellas sus propios miedos. En un tiempo perfecto, de cronometrada sorpresa, donde la escritura asiste a ambos escritor y lector, para reconocer el valor real de lo vivido, respetando esas incógnitas indisolubles y bellas de los temores ancestrales de tribu.

Demoníacos, fantasmagóricos, apocalípticos, trastornos de la personalidad, son temas recurrentes en el género de terror, que también trata Arima Rodriguez Vega en este libro. Donde a lo largo y ancho de la obra y coincidiendo, me atrevería a asegurar que intencionadamente, con los relatos y las partes de éstos más terroríficas, encontramos salpicaduras de lirismo, que matizan en cierta medida las manchas de sangre, pasando del horror/terror a la fantasía y viceversa, como usando de nuevo un símil, adaptación de las pupilas a la luz.

“No existe la compasión ni casi el horror en este mundo reseco y sulfuroso”.

Atrapados en la condicionalidad de sus karmas, y sin conexión entre ellos, los personajes añoran, fuera de esos espacios limitados de la imaginación su trébol de cuatro hojas.

“Hay lugares de los que jamás se consigue salir”.

Del mismo barro que da forma al cuerpo del hombre, e incluso del mismo soplo divino que lo anima, nacen a un cincuenta por ciento el bien y el mal.

 

La muerte

Cada acción deriva en una consecuencia y en una enseñanza. La Creación, la Gran Obra, es la maestra, la gran olvidada; sólo en comunión con ella se llega al entendimiento. Vivir no es un acto coherente, si no se asume el riesgo de la desaparición: La única certeza en vida, es la muerte.

Cada relato es una gran metáfora instintiva y bella de un miedo universal. La muerte es la gran desconocida para la humanidad, aunque paradójicamente muramos constantemente, y este es uno de los miedos que antes enfrenta la autora en sus escritos.

“No quiero formar parte de aquella muerte sin sentirla”.

Como las buenas obras literarias, estos textos no se asientan en un único género. En el simil de un degradado de color, van del horror a la fantasía , de la fantasía al misterio y del misterio al terror. Con la congruencia que permite lo incomprensible…o nos convertiremos en lo que tememos”.

“Cavilé durante el breve espacio de tiempo en que el aire aspirado convive en el pecho”.

 

El despertar

Sirviéndose de arquetipos de la simbología de esos géneros (Mefistófeles, vórtices, fantasmas, puertas, espejos, pozos), su autora recrea mundos en diferentes dimensiones, con humanos con trastornos de personalidad, desdoblamientos, experiencias paranormales, catastróficos, desde donde nos invita a realizar una catarsis, purificando en los ríos de esas dimensiones ocultas, nuestras emociones negativas.

El gran logro sería alcanzar la transformación interior, que nos permita dejar atrás el “miedo a ser”.

“Los rescoldos que aún arden en una dimensión oculta podrían avivar de nuevo la llama de la culpa”.

Se percibe en la literatura de Arima Rodríguez Vega, un afán en la búsqueda de la propia identidad, construyendo desde la más absoluta deconstrucción, en un continuo coqueteo con la metáfora, reminiscencia de un pasado, me atrevería a decir poético, que salpica la narrativa de estos relatos, de puro lirismo; enriqueciendo una escritura ya de por sí de excelencia a la utilidad que requiere su objetivo. Objetivo que, leyendo entre líneas, conduce a la honrosa motivación del “despertar” en su lector.

“Los pasillos eran rectos, cuadrados e infinitos, como los días perdidos de mi vida”.

Y, ya para finalizar mi reseña a este brillante texto, no encuentro mejor broche que esta cita de su autora, Arima Rodríguez Vega:

“Somos los extremos de nuestra dualidad y todos los puntos infinitos existentes entre nuestro negro más profunfo y nuestro blanco más puro”.

 

Nota: Todos los entrecomillados en cursiva y negrita que enfatizan el desarrollo de esta reseña, son retazos de texto extraídos de los relatos de este libro, y por ende, de la pluma de su autora.

 

Josefina Llorente
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