Sarta de mentiras

Autor: Sandra Rojas de la Torre
Relato finalista – Primera convocatoria de Narratium

Todo el mundo sueña con tener un trabajo digno y una posición social respetable. Eso mismo pensaba Andrés Silva cuando lo llamaron para trabajar como cuidador en el Manicomio Estrella del Norte.

El nombre venía que ni pintado. Situado en una zona montañosa en el norte de España, por la noche podía contemplarse en todo su esplendor las estrellas y alguna que otra constelación.

Para los amantes de la astronomía era todo un espectáculo, pero a Andrés lo cierto era que nunca le habían atraído demasiado esas cosas. Nunca se había considerado un romántico, y mucho menos un apasionado de los misterios que esconde el mundo.

Consultó su reloj de pulsera mientras movía el vaso de café que se había servido hacía unos instantes. Eran casi las diez y media. Aún le quedaban cerca de seis horas para terminar su turno, y debía estar muy despierto para ayudar en caso de que surgiera alguna complicación en alguno de los bloques donde dormían los pacientes.

Allí había de todo: asesinos que habían perdido la cabeza, hombres y mujeres que habían perdido la cabeza sin motivo aparente y que mostraban claros principios de esquizofrenia.

Ya en su primer día se estaba dando cuenta de que no iba a ser nada fácil tratar con los enfermos, y mucho menos con los compañeros.

Aún era pronto para llegar a intimar con alguno de ellos, pero lo cierto era que muy pocas veces se cruzaba con algún miembro del personal.

Estaba el equipo de limpieza que tenía turnos de media jornada y que hacían parecer el manicomio un lugar más o menos habitable. Las pocas habitaciones que había visitado estaban bastante limpias, y los cuartos de baños olían a lejía y desinfectante. Estaba claro que hacían bastante bien su trabajo.

Luego estaba el equipo de seguridad, el que se encargaba de echar una mano cuando se producía algún disturbio en alguno de los bloques.

Hacía un rato había estado charlando con Ramón, un guarda que no parecía tener más de treinta y que por su acento parecía ser de alguna zona del sur. Le había llamado mucho la atención la forma en la que pronunciaba algunas palabras y el uso de algunas expresiones muy poco comunes en la zona.

Al parecer, la zona más conflictiva era el bloque C. Estaba lleno de pacientes que habían sufrido algún tipo de trauma en el pasado y habían dedicado parte de su vida a cometer asesinatos y torturas.

También le había contado que hacía un par de semanas se había producido un homicidio en el bloque femenino. Una mujer había asesinado a cuchilladas a otra porque había pensado que era la reencarnación del demonio.

No pudo evitar estremecerse al recordarlo. Nunca hubiera imaginado que tratar con personas desequilibradas pudiera ser tan peligroso.

Pero bueno, ya había aceptado parte de los riesgos cuando estudió psiquiatría en la universidad. Si el trabajo le gustaba y se sentía cómodo, era muy posible que pidiera un ascenso en el futuro.

Ya había oído rumores de que cada cierto tiempo se ofrecían ascensos a los que se dejaban la piel y el alma cuidando a los enfermos. Dejaría que su trabajo hablara por él… y ya era cuestión de la directora, la seria y firme señora Gutiérrez, el proponerle una promoción que celebraría por todo lo alto.

A Andrés siempre le había atraído el estudiar la mente humana, el cómo actuamos por nuestros instintos y nuestros impulsos. Los grandes pensadores también han tenido su punto de locura, y eso era lo que los había convertido en grandes bajo su punto de vista.

Sólo esperaba que su primer día se presentara tranquilo. Desde que había llegado se había limitado a dar una vuelta por las instalaciones acompañado de la directora y algunos enfermeros que habían tenido que retirarse un poco antes para seguir con sus tareas.

Lo que más le había sorprendido a Andrés del paseo había sido la cantidad de hectáreas que tenía el edificio. Si ya de por sí el patio que había en la parte trasera era impresionante, y que utilizaban para sacar a los enfermos un par de veces al día, el resto del edificio no se quedaba atrás.

Baños, salas de recreación, ala médica, dormitorios… No faltaba absolutamente de nada. La zona de despachos estaba en la planta superior, y ocupaba gran parte de la parte derecha.

Lo único que le habían dicho era que la entrada al subterráneo estaba totalmente prohibida para el personal no autorizado. Ni me interesa ni quiero meter las narices en asuntos que no son de mi incumbencia.

Andrés sólo quería hacer su trabajo lo mejor posible y pasar desapercibido. La puerta de la sala de descanso del personal se abrió.

Entró un hombre que ya debía tener los cincuenta y que iba vestido con una inmaculada bata blanca. Andrés frunció el ceño. No le sonaba como uno de los celadores, y mucho menos de los enfermeros.

-¿Eres Andrés, el nuevo? -le preguntó deteniéndose junto a la cafetera y poniendo una taza blanca debajo. Pulsó un botón rojo que estaba en el lateral y espero unos instantes antes de que el café empezara a salir a presión.

-Sí… ¿Por qué lo preguntas? -respondió el aludido levantándose de la silla y dando unos pasos hacia delante con curiosidad.

-Ve al bloque de administración. El jefe de celadores quiere hablar contigo.

No sabía si era por su tono de voz cortante, sus modales o porque ni siquiera le había dirigido la mirada. Había algo en ese tipo que no le daba muy buena espina.

-¿Dónde está el bloque de administración?

-Al fondo de este pasillo. No tiene pérdida.

Y de nuevo Míster simpatía. ¿De qué coño iba ese tío? Andrés emitió un suspiro antes de dejar el café en la mesa y salir de esa pequeña sala de descanso.

Lo mejor era que no hiciera esperar a los jefazos si quería causar una buena impresión. El edificio era tan grande que era muy fácil perderse. Estaba seguro de que necesitaría meses para hacerse un croquis mental de todo.

Por suerte no tardó en encontrar un cartel que indicaba que estaba en el bloque de administración.

El pasillo estaba completamente a oscuras a excepción de un par de luces que estaban encendidas al fondo. Había, además, una puerta entreabierta en la que parecía escucharse música, como si alguien estuviera oyendo la radio.

Tragó saliva con dificultad. Tenía que reconocer que ese pasillo le daba escalofríos a pesar de que no había absolutamente nada de lo que preocuparse.

Se detuvo ante la puerta entreabierta y pegó con los nudillos aclarándose la garganta. Se ajustó un poco el cuello de la camiseta que llevaba bajo la bata en el momento en el que la música dejaba de sonar.

-Adelante -anunció la voz de una mujer que no parecía ser mayor.

Abrió la puerta con manos temblorosas, sin saber muy bien qué esperar. Si lo habían llamado sólo podían significar dos cosas: o que querían echarle la bronca por algo que había hecho o porque querían que se hiciera cargo de algún ala mientras los pacientes dormían.

Ya le habían dicho a la entrada que se iban turnando cada dos horas por las alas para controlar que los internos. Fuera lo que fuese… No tendría más que acatarlo con la mayor diligencia posible.

Pero lo último que esperaba era ver a una mujer con el pelo rizado rubio, con unos ojos azules bastante llamativos y unas gafas con los filos negros que resaltaban gran parte de su atractivo.

Estaba mirando unos papeles que tenía sobre la mesa, pero apartó la mirada en cuanto escuchó la puerta abrirse. Tenía los labios pintados de un rojo intenso, y compuso una amplia sonrisa en cuanto vio a Andrés.

-Tú debes ser el nuevo, ¿verdad? -se presentó poniéndose en pie y tendiéndole una mano sin dejar de sonreír. Andrés no podía dejar de mirarla. Era realmente guapa, y tenía algo en la mirada que incitaba a tener con ella algo más que palabras -. Encantada de conocerte. Soy María, encargada del bloque administrativo. ¿Cómo llevas el primer día?

-Bien… No está mal… -logró murmurar Andrés entre la sorpresa que lo embargaba. Era una mujer más que apetecible a pesar de que le sacara unos cuantos de años.

-Te he mandado a llamar porque necesito que te encargues de limpiar los lavabos del bloque A… -empezó a decirle con un tono de voz sereno, sin titubeos. Andrés no pudo evitar arquear una ceja sorprendido. ¿Qué demonios significaba eso? -. Uno de los enfermos lo ha puesto todo perdido de vómito. El equipo de limpieza ya se ha retirado… y…

Andrés no sabía muy bien qué decir. A él no le pagaban por hacer ese trabajo. Y lo peor de todo… Era que no podía negarse. Tendría que morderse la lengua y acatar las órdenes aunque le parecieran una auténtica mierda.

Sólo esperaba que fuera la primera y última vez que tuviera que hacerlo. Andrés asintió con un movimiento seco de cabeza y apretando los dientes. Era un milagro que no se estuviera haciendo daño.

-Muchas gracias, Andrés… Sé que no es parte de tu trabajo… -y a Andrés no se le pasó inadvertido cómo se le acercaba y le acariciaba con cierto coqueteo el brazo. ¿Era su imaginación o estaba intentando ligar con él? -. Te lo compensaré de alguna manera… Con algún día libre… o… Cualquier otra cosa…

-Será mejor… que me ponga… -consiguió decir entre tartamudeos mientras retrocedía unos pasos. Sus mejillas estaban completamente encendidas, y la temperatura parecía haber subido varios grados a pesar de que en el exterior debía hacer un frío de narices: estaba nevando.

Volvió a aclararse la garganta antes de salir casi disparado por la puerta. Joder… Su superiora intentando ligar con él… Había algo que se le estaba escapando…

Negó en silencio varias veces mientras hacía el camino de vuelta. Le habían contado que había un pequeño cuartillo en la parte de atrás de la escalera, junto al ascensor, donde guardaban escobas, fregonas y otros utensilios de limpieza.

El vestíbulo estaba en ese momento en completo silencio. Sólo había un guardia delante de un ordenador, posiblemente mirando todas las cámaras, controlando que no hubiera ningún problema.

Ni siquiera levantó la mirada cuando pasó junto al mostrador para ir a la parte trasera de la escalera. No tenía ni idea de qué le pasaba a la gente de allí. ¿El trabajar con locos los convertía en personas herméticas y sin sentimientos?

Caminó con más voluntad que ganas hacia la parte trasera de la escalera. Podría seguir descendiendo hasta el sótano, aunque lo único que había allí eran generadores y piezas para reparar las máquinas según le habían contado.

Y allí estaba esa puerta de madera con el pomo dorado que guardaba todos los utensilios de limpieza.

Tiró con fuerza, pero sólo consiguió desplazar la puerta unos milímetros. No estaba cerrada ni mucho menos, pero iba a tener que hacer uso de toda su fuerza para abrirla.

Esa vez agarró el pomo con las dos manos y apretó los dientes haciendo cada vez más fuerzas.

Perdió el equilibrio en el momento en el que la puerta se abría de par en par. Apoyó las manos en la barandilla cogiendo grandes bocanadas de aire. La puerta había sido una maldita cabrona.

Andrés se llevó la mano al pecho intentando recuperar el ritmo de su respiración. Ya hablaría con quien hiciera falta para que arreglaran esa condenada puerta. ¿Es que el equipo de limpieza no se había quejado?

Pulsó el interruptor que estaba en la parte izquierda para iluminar ese pequeño cuartillo.

Allí había de todo: escobas, fregonas, friegasuelos, lejía… Cogería todo lo que le hacía falta e iría rápido hacia la zona de los baños para terminar rápido.

Estaba siendo un primer día bastante intenso. No tenía muy claro por qué casi todos los empleados tenían una actitud tan hermética y reservada en lo que respectaba al trato con otros compañeros.

La jefa de administración era un caso aparte, por supuesto. Negó varias veces en silencio mientras cogía un cubo y la fregona y los dejaba fuera, al pie de la escalera.

Él no estaba para meterse en esos líos ni mucho menos. Esa mujer casi podría ser su madre o su tía perfectamente.

A la mierda. Se olvidaría de todo eso y se centraría en su trabajo, que para eso le pagaban. Cogió el friegasuelos y la lejía y lo metió todo dentro del cubo antes de dirigirse a la zona de los baños.

 

-Joder… Qué desastre -murmuró Andrés mientras pasaba la fregona por un enorme charco de vómito.

Apartó la mirada componiendo una mueca de asco mientras escurría la fregona. El olor era cada vez más penetrante, y el cabrón no había tenido otra cosa que hacer que vomitar por toda la taza y por el suelo.

Suerte que ya había limpiado la taza y el suelo estaba prácticamente limpio. Echó un buen chorreón de lejía por el suelo antes de volver a pasar la fregona.

Ya casi estaba terminando… Pero las arcadas eran cada vez peores. Dejó la fregona apoyada en la pared y salió dándole un empujón a la puerta.

Se quedó apoyado en la pared durante unos instantes intentando recuperar el aliento.

-¡No! ¡Yo no he hecho nada! -oyó gritar a alguien. Parecía sonar del pasillo de la izquierda.

Había unos barrotes que separaban ese pasillo de una zona que todos los empleados tenían prohibida a excepción del personal autorizado.

Andrés frunció el ceño. Los gritos seguían sonando cada vez con más fuerza. Se apartó de la pared sin dejar de observar el pasillo a través de los barrotes.

Fue en ese momento cuando vio a un par de enfermeros que agarraban a un paciente que pataleaba y gritaba. Era un auténtico milagro que no se quedara afónico.

Pero lo que más le sorprendió fue ver a la directora seguir a los celadores acompañada de dos hombres que iban con una inmaculada bata blanca y que conversaban de forma muy animada.

-¡Soltadme! -chillaba el enfermo haciendo un esfuerzo sobrehumano por liberarse. Hasta parecía que le habían puesto una camisa de fuerza-. ¡Todos los que van a ese lugar nunca vuelven!

-¿Queréis cerrarle la maldita boca? Va a despertar a todo el mundo como siga así. Dejadlo monitorizado para hacerle el reconocimiento. El doctor Villa no tardará -ordenó la directora deteniendo la marcha y echando un vistazo al pasillo donde se encontraba Andrés.

-Joder… -murmuró pegándose todo lo posible a la pared. Suerte que las luces del pasillo estaban en ese momento apagadas, y que lo único que se veía era un tímido reflejo procedente del baño.

Se quedaron durante unos instantes mirando al pasillo antes de seguir con la marcha. Andrés contuvo la respiración unos segundos más. Eso había estado muy cerca…

Pero la cuestión era qué demonios hacían en ese pasillo, a una hora tan avanzada de la noche y con uno de los pacientes que no dejaba de gritar que lo dejaran en paz. ¿Qué diablos estaba pasando?

Estaban en una zona en la que en teoría no debería haber nadie. ¿Qué iban a hacer con ese paciente? ¿Adónde lo llevaban?

Tenía que hacer algo… ¿Pero qué? Sabía que se estaba metiendo en algo que no era de su incumbencia, y que ya le habían advertido de que esa zona estaba totalmente prohibida para el personal no autorizado.

Andrés dio unos dubitativos pasos hacia la reja. La cancela estaba abierta. La empujó un poco y cedió sin oponer resistencia. Tragó saliva con dificultad. ¿Qué iba a hacer? Ya estaba empezando a meterse de mierda hasta el fondo… y había algo en todo eso que no le daba buena espina.

Terminó de abrir la verja metálica intentando no hacer demasiado ruido. Su respiración se volvió más agitada conforme se adentraba en el pasillo. Habían seguido hacia la izquierda, donde el pasillo se sumía casi en la penumbra.

Cogió grandes bocanadas de aire por la boca mientras dirigía sus pasos hacia el fondo del pasillo sabiendo que se estaba metiendo en un completo lío. Si alguno de los guardas o del personal lo pillaba por allí tendría sus horas contadas en ese trabajo.

Oía unos susurros que parecían sonar de la pared que estaba a su derecha. Pegó la cabeza intentando escuchar algo, pero lo único que distinguía era su propia respiración y los latidos de su corazón.

-Nos han dicho que vayamos a la sala de experimentos -oyó una voz femenina y unos pasos que se acercaban cada vez más.

-Joder… -murmuró Andrés echando un rápido vistazo a los alrededores. Su única vía de escape era la puerta que tenía enfrente. Tenía que acercarse sin hacer ruido.

Fue corriendo hacia la puerta y la abrió dándole un empujón con el hombro. Estaba seguro de que había hecho bastante ruido, pero ahora mismo no podía pensar en eso.

Había llegado a una pequeña habitación iluminada y en la que había una mesa de madera y un par de armarios de metal.

Como se les ocurriera ir hacia allí estaba perdido. Y lo peor de todo era que las voces y los pasos sonaban cada vez más cerca, como si estuvieran detrás de la puerta.

Miró hacia el armario que estaba a su izquierda. Era la única alternativa. Abrió la puerta haciendo más ruido de la cuenta. Se metió dentro en el momento en el que veía que la puerta se abría.

Se tapó la boca con las manos sin apartar la mirada a través de la rejilla de las dos personas que estaban en el interior de la sala.

-Estos turnos de doce horas me matan… -comentó el que parecía ser el mayor de los dos mientras estiraba los brazos y bostezaba. Su compañera abrió el armario que estaba enfrente. Sacó una taza blanca que observó durante unos instantes con el ceño fruncido.

-¿Has oído algo?

-¿Yo? Lo único que quiero oír ahora mismo son mis ronquidos en la cama.

-No sé… Quizá me lo he imaginado… Trabajar aquí perturba el sentido del tiempo y los sentidos… ¿Vas a echarte un café también?

Andrés empezó a temblar. Si abría ese armario y lo descubrían no tenía excusa posible para explicar el por qué se encontraba en esa zona en la que en teoría no debería estar.

El tipo pareció dudar unos instantes antes de negar varias veces con la cabeza. Andrés emitió un largo suspiro de alivio al ver cómo se marchaban.

Todo ese asunto era cada vez más turbio, y estaba convencido de que allí ocultaban algo que no querían que parte de los trabajadores y del personal vieran.

Permaneció oculto un rato más, pendiente al mínimo sonido que le indicara que cualquiera de los que habían entrado antes volvían.

Unas gotas de sudor empezaron a bajarle por el rostro mientras abría la puerta con lentitud. Siempre se había una persona que no se metía en líos y que iba a lo suyo… Pero ahora que había entrado en la guarida del lobo no había marcha atrás.

Cogió grandes bocanadas de aire mientras daba unos dubitativos pasos hacia la salida. No iba a parar hasta descubrir qué era lo que estaba pasando: cada vez lo tenía más claro.

Abrió la puerta que daba al pasillo mirando con desconfianza de un lado a otro. Esos médicos habían venido por la izquierda. Tenía que ir hacia allí.

Se pegó todo lo posible a la pared conteniendo la respiración. El uniforme lo tenía prácticamente pegado al cuerpo a pesar de que no hacía calor.

Es más: tenía la sensación de que la temperatura había descendido bastante grados. Era como si en aquella zona tuvieran algún tipo de sistema de refrigeración para mantener una temperatura suave.

Asomó ligeramente la cabeza. Había una escalera que bajaba hacia lo que parecía ser un sótano.

Se oían gritos lejanos, como si alguien estuviera sufriendo o le estuvieran propinando una paliza.

Los escalones eran metálicos, y sonaban con bastante fuerza cada vez que daba un paso.

-Joder… -murmuró caminando más despacio, bajando el ritmo del descenso. Había algo en el pasillo que le daba muy mala espina.

No tenía ni idea de si era por la penumbra que reinaba en el ambiente o por el silencio que había por todas partes. Era una sensación siniestra, macabra hasta cierto punto… y que ponían los vellos de punta al más valiente.

Había un cristal a través del que se veía una habitación donde había un enorme tubo de cristal y en cuyo interior parecía haber una persona. Andrés apoyó las manos completamente boquiabierto. ¿Qué estaba pasando?

¿Estaban… haciendo experimentos? No podía creérselo… Tenía que haber una explicación razonable a todo eso.

Se apartó del cristal sin poder apartar la mirada del cuerpo que estaba metido en ese tubo de ensayo.

Había una puerta metálica que estaba cerrada y que daba acceso a esa sala. Agarró el pomo con algo de duda. Lo giró.

Emitió un grito de sorpresa al darse cuenta de que iba a entrar en una habitación en la que, en teoría, tenía el acceso prohibido y en la que parecían estar encondiendo algo que no querían que se viera fácilmente.

Lo primero que le llamó la atención eran las luces rojizas que colgaban del techo, como si quisieran que la habitación estuviera casi en penumbra pero que le diera algo de luz.

Pero a lo que no podía dejar de mirar era al cuerpo que estaba dentro del tubo de cristal. Tenía los ojos completamente abiertos, y tenía un respiradero del que salían algunas burbujas.

¡Ese hombre estaba vivo y estaban haciendo algo con él! ¿Alguna especie de estudio sobre el sueño? ¿Estaban intentando modificarle la conducta o algo por el estilo?

Tragó saliva con dificultad sin poder apartar la mirada de ese hombre que parecía estar debatiéndose entre la vida y la muerte.

Había una mesa metálica sobre la que había un informe sujeto con unos clips a una tablilla. Andrés frunció el ceño. ¿Qué era eso?

Se acercó notando que su respiración se volvía más agitada conforme agarraba el documento. Tenía que haber una explicación para todo ese espectáculo, aunque le costaba encontrarla.

 

Paciente: Ángel Rodríguez Pérez

Fecha de nacimiento: 13 de julio de 1977

Localidad: Vigo, Pontevedra.

 

Historial clínico:

El señor Rodríguez fue operado de apendicitis cuando sólo tenía cinco años. Fue una operación que se le complicó más de la cuenta y en la que casi pierde la vida.

Los médicos consiguieron reanimarlo cuando entró en parada cardíaca, y se comenta que le quedó alguna que otra secuela.

El señor Rodríguez ha tenido visiones desde pequeño, y en ocasiones afirmaba estar jugando con amigos imaginarios a los que invitaba a su casa a jugar con los muñecos o a merendar.

Los psicólogos que lo estudiaron durante años llegaron a la conclusión de que había desarrollado un trastorno de personalidad narcisista, una forma de llamar la atención de su entorno y de crearse su propia realidad alternativa donde poder dar rienda suelta a su imaginación.

Y es que detrás de todo hay un pasado bastante traumático: padre borracho, madre que ejercía la prostitución y que pasaba más tiempo en la calle que en casa.

Los asuntos sociales se metieron por medio, y el pequeño Ángel estuvo vagando de casa en casa hasta la mayoría de edad.

En uno de esos hogares fue víctima de malos tratos. El caso se estudió, pero no llegó a ninguna parte al no haber pruebas que incriminaran a la familia en cuestión.

El señor Rodríguez ingresó en nuestro centro hace algo más de tres años, y desde entonces no hemos visto una evolución en las constantes del paciente.

Hemos decidido someterlo a un estudio más profundo a través de una criogénesis que nos servirá para estudiar el por qué de su comportamiento caótico y, en cierto modo, narcisista.

 

-Dios mío… -murmuró Andrés dejando caer al suelo el informe y sin poder salir de su asombro. ¡Estaban experimentando con los pacientes! ¡Tenía que contárselo a las autoridades!

-¿Lo que ha encontrado es de su agrado, señor Silva? -dijo una voz a su espalda que lo sobresaltó.

Andrés retrocedió notando que su respiración era más acelerada por momentos. Allí estaban la directora, la jefa de administración, un par de miembros de seguridad y dos doctores.

¿De qué iba todo esto? Pero lo único que tenía claro era que acababa de firmar su sentencia de muerte.

-Yo… -fue lo único que logró murmurar mientras se chocaba con la pared. La había liado, y ahora tenía que pagar con las consecuencias. Tragó saliva con dificultad. Se había acabado.

-Ahora entiende por qué la gente tiene prohibida la entrada a esta zona… -le explicó la directora dando unos pasos hacia delante -. Queremos hacer de estos pacientes buenos ciudadanos, piezas elementales de esta sociedad que cada vez está más podrida y corrompida.

-¿A cambio de jugar con la salud de estas personas que han sufrido un calvario en sus vidas?

-Tú nunca lo entenderías… -siguió hablando la directora como si no la hubieran interrumpido-. Nadie tiene que saber de estos experimentos… Así que tienes dos opciones: o te metemos un tiro entre ceja y ceja o formas partes del experimento.

-¿Qué? -exclamó completamente perplejo y sin salir de su asombro. ¿De qué demonios estaba hablando?-. No… Yo… No…

-Cogedlo -ordenó la voz más autorizada a los dos guardas que lo acompañaban.

-¡No! -gritó Andrés completamente fuera de sí al darse cuenta de lo que iba a pasar. Uno de los de seguridad sacó una pistola con la que lo apuntó. Unos sudores fríos le bajaron por la frente, su cuerpo se puso en completa tensión. ¡No podía ser verdad!

Uno de los doctores sacó una jeringa de su bolsillo mientras los guarda le sujetaban los brazos con fuerza.

-Despídase para siempre de sus recuerdos, señor Silva -y le hizo un gesto al médico para que procediera -. Piense que va a ayudar a una investigación que lleva años en desarrollo y a la que sacaremos todo el provecho posible.

La aguja penetró en su brazo izquierdo sin que pudiera hacer nada por evitarlo. No tardó en sentir cómo empezaba a perder la noción del tiempo.

Todo, absolutamente todo había sido una sarta de mentiras para encubrir una investigación diabólica. No había marcha atrás.

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3 comentarios en “Sarta de mentiras”

  1. El precio de la curiosidad puede ser muy elevado. Se agradece que el realismo tome el mando en esta propuesta literaria de primer orden. Es fácil ponerse en situación y lo he visualizado como una película, lo cual es igual a calidad y disfrute para el lector.

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  2. Relato súper bueno de principio a fin. Deja al lector en todo momento con la tensión e incertidumbre de que va a pasar. Lectura fácil y rápida.

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